sáb
18
jul
2009
Tales términos resultan cómodos cuando buscamos entendernos entre nosotros, pero si quedamos atrapados en esas referencias ya no encontramos nada nuevo, sólo escuchamos aquello que sabemos que
ellos definen. Por ejemplo, decir que tal modo de dirigirse a otro es un delirio puede resultar útil para una descripción, pero ¿qué dice de la vida, del sufrimiento o no, singular, de aquel que lo
practica? La práctica analítica es una puesta en suspenso de los saberes previos, es la apuesta a la lectura que surge con el acontecimiento de la transferencia. Esa es la "sicopatología" pertinente
para en análisis, la que se produce en la transferencia: inhibiciones, síntomas y angustias tan singulares y sociales como cada sesión.
La posmodernidad, y los estudios que sus particularidades provocan, han dado lugar a la retoma de la noción de híbrido. Si bien su connotación de "mezcla" ha generado a partir de él un sentido
despectivo, la llamada hibridación implica un paso que deja atrás el original. La mezcla, la melange, produce una novedad que no se logra explicar por los antecedentes. Su efectividad no deviene de
sus orígenes sino de su producción. Es este pasaje que da lugar a un elemento nuevo el que nos interesa destacar y que encontramos viable en la clínica.
Al psicoanálisis le toca transcurrir, como la vida misma, por los avatares de la llamada posmodernidad. Su método es social, nada más lejano, como se sostendría desde ciertos prejuicios, de una
práctica de lo individual. No es la propuesta de Jacques Lacan quien supo darle a la experiencia a lo largo de su recorrido su carácter social, al ubicar, por ejemplo, al inconciente como parte del
discurso concreto en cuanto transindividual.
Conviene percatarse de que las preguntas actuales están el aire, es decir: en los medios de comunicación. Tomemos nota para ello del auge mediático del abuso sexual infantil. ¿Qué nos dicen esos
casos y su insistente difusión? Incluso no todos tienen la misma idea de lo que es un niño. ¿Cuáles son algunas consecuencias, en nuestros días, de la diferencia sexual anatómica? Hagamos caso , para
desplegar esta pregunta de una noticia difundida por la prensa: Una escuela en Japón aceptó que un alumno de 7 años de edad fuera inscripto en la misma con nombre de mujer y asistiera a clases
vestido de niña, autorizándolo a usar los baños y los gimnasios de mujeres. En el artículo que desde el título, dedica a las consecuencias de la diferencia sexual anatómica, Sigmund. Freud estudia
los caminos del desarrollo sexual, señala la importancia de llegar en el análisis hasta el período más remoto de la infancia, a la primera época de la vida sexual, ya que esas primeras vivencias
motivaban la vida ulterior. En este caso, la niña en Japón, ya no se trata sólo de fantasías infantiles, causales, determinantes de los caminos a seguir de la sexualidad, sino de la vida efectiva de
cada día de alguien, que responde a la anatomía con una elección que juega su juego en su contexto social, ya que allí encuentra su lugar, es decir, que es albergada en el lazo cultural.
La noticia salió en el diario La Nación, en la ciudad de Buenos Aires el 21 de mayo de este año, y en él agregan que desde 2004, Tokio tiene su propia legisladora transexual. Leemos "Se dice que el
chico se había quejado de que se sentía incómodo siendo un varón y que le había preguntado a sus padres si podía someterse a una operación para cambiarse de sexo. El primer procedimiento de este tipo
en Japón se realizó en 1998, pero los pacientes deben tener 20 años o más"
No basta con decir que el entorno social responde positivamente a la singular elección de esta niña, sino que es con los elementos de ese entorno que se anuda la posibilidad de la elección. La
escuela, la existencia de la intervención quirúrgica, la legisladora transexual y los medios de comunicación determinan esa singularidad. Es esa singularidad la que despliega el inconciente que se
presenta en cada análisis, si el inconciente es lo que decimos, lo que decimos es el contexto. Nada más acorde al hecho social que la transferencia, para percatarse de ello basta un detalle que la
define: alguien le habla a alguien. Al hacerlo se produce la posición desde donde se habla y desde la que se escucha, de allí deviene su eficacia, de lo actual de dirigirse a otro, esa actualidad no
se desmerece en nada porque se hable de los años y padres de la infancia , no se trata del contenido de lo que se dice sino de la estructura que crea ese decir y de sus efectos. Incluso ese relato
aunque puede adquirir la forma de un de un cuentito sobre papá y mamá, no se dirige a recuperar un pasado sino que es la tinta que escribe el futuro. Más aún, puede que se repitan palabras, gestos,
situaciones, pero cada uno de estos no pueden ser sino nuevos en cuanto a ubicación enunciativa ya que es la misma superficie erótica la que se organiza con lo que se dice: cortes, pliegues, cruces,
esa es la actualidad, la singularidad, la topología que sitúa al psicoanálisis en el marco social, es la estructura de lenguaje de la práctica analitica, que como tal no podría ser individual. Dicho
de otro modo el inconciente es discurso que nos atraviesa y este hecho desautoriza en su práctica cualquier oposición individual-social.
Los movimientos culturales, y la difusión de la tecnología, cuestionan la misma noción de identidad sexual, al punto de relativizar su pertinencia como objeto de estudio. Las intervenciones
quirúrgicas, las prótesis, los implantes producen cuerpos híbridos que desalientan cualquier pretensión de "naturalidad biológica" o encierro en tal o cual identidad. Situar las coordenadas de la
subjetividad coloca al psicoanálisis en el mismo movimiento de hibridación, y nos da la pista, el tiempo y el espacio de nuestra intervención. Los avatares de la vida sexual no tienen -hoy- como
objetivo el logro de la feminidad o de la masculinidad. Sostener que el lenguaje nos atraviesa, implica que a través de ese caldo de cultura estamos, nosotros y cada sesión analítica, bañados por él
.Esa corriente se desliza creando una superficie en que exterior e interior se continúan, o sea que si el psicoanálisis es tocado por la cultura -mejor estar advertidos de ello- a su vez la práctica
y la doctrina la modifican. Tomemos por ejemplo la noción de fetichismo: Nótese, por ejemplo, que un "dildo" hace vacilar la noción de fetiche, un dildo no es un pene ni siquiera un falo, lo cual
hace titubear la referencia, pues no sustituye ninguna referencia. Es lo que diferencia el dildo -de acuerdo a la experiencia de quienes le dan un lugar en sus prácticas eróticas- del antiguo
consolador. El dildo, objeto de plástico para distintos y variados usos, da cuenta de una dimensión fronteriza, un área híbrida, no sólo objeta la "naturalidad" del cuerpo, sino que provoca la
pregunta de la pertenencia, de la posesión, de las demarcaciones del cuerpo. ¿Qué parte del cuerpo es la prótesis? o mejor: ¿Qué, quién decide y cómo a que porción de materia se la llama
cuerpo?
¿Es válido hablar de desvío en el caso de la niña mencionado antes? Un desvío supone una referencia de la cual el camino se aparta. ¿Acaso es pertinente que el psicoanálisis se cobije en las
referencias? La llamada posmodernidad y el acto analítico nos acercan a los versos del poeta: "...se hace camino al andar."
Claudia Weiner.
Psiconalista
weinerclaudia@hotmail.com
clawein@gmail.com
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Verdaderamente interesesante la postura del cuestionamiento acerca de la niña, sin embargo ¿sería admitible pensar en una referencia de la no-referencia? que en apariencia no existe pero que sigue un "camino" que no lleva a ningún sitio, y eso le da su ruta o dirección, en la cual al parecer hay solo desviaciones multiples sin meta alguna.
