sáb
29
may
2010
SOBRE EL PROBLEMA
DE LAS ALUCINACIONES
Sur le problème des hallucinations. Reseña por Jacques Lacan
De la 84ª Asamblea de la Sociedad Suiza de Psiquiatría en Prangins
los días 7-8 de octubre de 1933. Publicado en l’Encéphale 1933,
nº 8, pp. 686-695.[1]
Limitamos esta reseña a las dos sesiones de trabajo científicas consagradas al problema en el orden del día de la alucinación. Tres informes. Una discusión. Comunicaciones.
No podemos más que señalar las notables indicaciones del discurso de apertura del doctor R. de Saussure, presidente del Congreso, quien, recordando muy felizmente la filiación intelectual de Pinel con el botanista Boissier-Sauvage, opone el “espíritu de naturalista” que anima la psiquiatría francesa al espíritu de especulación sobre la esencia, que marca a la tradición alemana desde sus orígenes stahlianos[2]; es para anhelar que el estudio de nuestros problemas sea abordado en un espíritu de síntesis.
El informe del profesor H. Maier de Zurich nos da ante todo una revista general de las diversas teorías antiguas y modernas de la alucinación. Si insiste sobre la clínica de los hechos, tal como ha sido acabada por la escuela alemana en la separación, retomada por Jaspers, de las alucinaciones verdaderas y de las pseudo-alucinaciones, cita al pasar las teorías mecánicas de la alucinación, proyección de una actividad cortical automática, tales como con Tamburini y Tanzi desempeñaron su papel en la interpretación misma de los fenómenos. Es para rechazar en su conjunto las concepciones antiguas, que para él pecan por el punto de vista mismo que las funda. Las distinciones en efecto, producidas como esenciales al problema, entre sensación, percepción, representación, no tienen a sus ojos más que un valor didáctico, pero carecen de valor clínico, en la medida misma en que los criterios de “materialidad”, de “realidad”, de “intensidad” se revelaron insuficientes para definir las percepciones mórbidas.
Es preciso en adelante estudiar la alucinación no como fenómeno aislado o como una entidad psicológica, sino en sus relaciones con la personalidad total y las alteraciones de ésta. Este punto de vista se encuentra de acuerdo con Goldstein, Monakow y Mourgue y las tendencias más jóvenes de la psiquiatría francesa. Es sobre éste que el profesor Maier funda su división genética de las alucinaciones, que reparte así:
1º Las alucinaciones “catatímicas” o psicógenas (el término de catatimia creado por el autor designa la formación de complejos asociativos bajo la influencia de factores afectivos). Estas alucinaciones son psicógenas, no solamente en cuanto a su contenido sino incluso en cuanto a su origen, en tanto que el debilitamiento de la conciencia que las condiciona resulta también de causas psíquicas. Tales alucinaciones se encuentran en los estados oníricos e hipnóticos, en los delirios psico-neuróticos, en las alucinaciones teleológicas pre-suicidarias, a menudo salvadoras.
2º Las alucinaciones a la vez catatímicas y orgánicas. Estas son psicógenas en cuanto a su contenido, pero resultan en cuanto a su origen de un debilitamiento de la conciencia específico de tal proceso patológico del sistema nervioso, esquizofrenia, epilepsia, melancolía.
3º Las alucinaciones de origen tóxico. Su contenido es simple, generalmente independiente de los factores catatímicos y condicionado por el estado del sistema nervioso. Su origen es el debilitamiento de conciencia propio de las intoxicaciones exógenas (alcohol, cocaína, mescalina) o endógenas (delirios agudos, urémicos, etc.). Los contenidos catatímicos observados en ciertas ebriedades alcohólicas por ejemplo, están ligados a disposiciones esquizofrénicas anteriores.
4º Las alucinaciones de origen orgánico puro. Estas resultan de los debilitamientos profundos de la conciencia que se observan en las lesiones anatómicas corticales o sub-corticales de la parálisis general, de la encefalitis, de la senilidad o de los traumatismos craneanos.
El informe de nuestro colega y amigo H. Ey[3] resume las posiciones de conjunto del problema de las alucinaciones, tal como se desprende de los diferentes estudios de crítica teórica y de análisis clínico, fragmentados de acuerdo a la complejidad de los hechos, que han sido el fruto de su colaboración con el profesor Claude. Una armonía sorprendente aparece allí entre sus premisas que son, como se sabe, de análisis psicológico, o por decir mejor, gnoseológico del fenómeno de la alucinación, y las conclusiones que son todas clínicas y permiten no solamente un agrupamiento de enfermos más conforme a los hechos, sino, contrariamente a una ilusión simplista, una más justa y más vasta apreciación de los factores orgánicos en cuestión {en cause}.
Es en efecto sobre la consideración de las relaciones de la imagen, de la sensación y de la alucinación que el informador funda su crítica experimental de las relaciones entre el valor de sensorialidad y el valor de realidad de los fenómenos alucinatorios. Sabemos que es sobre una confusión de estos dos últimos términos que reposa esta teoría de la alucinación que, para pretenderse la teoría organicista por excelencia, no tiene derecho de hecho más que al de teoría mecánica de la alucinación. Su impotencia está aquí demostrada, como de toda teoría donde la alucinación está considerada abstractamente como un fenómeno elemental: la alucinación es en efecto esencialmente creencia en el objeto sin objeto, fundada sobre una percepción (es la alucinación verdadera) o sin percepción (son las pseudo-alucinaciones, los sentimientos xenopáticos, etc.). Imposible por lo tanto sin integrarla en el estado mental de donde ella procede, explicar la creencia delirante, no más que el sentimiento xenopático o el asentimiento convencional, ni los grados de la integración subjetiva o de la proyección espacial, todas cualidades que se revelan infinitamente variables y no correlativas, por poco que uno se preserve de otorgar valor de objetos a tales declaraciones sistemáticamente elegidas del enfermo, y de desconocer las variaciones de éstas, sus postulados implícitos, su valor metafórico y las dificultades propias de su expresión.
Sólo un análisis así permite dar su verdadero lugar a las alucinaciones y a las pseudo-alucinaciones en los estados oníricos y los estados psicolépticos (verdaderos tipos del estado alucinatorio), y en los delirios de influencia, en los estados oniroides de acción exterior, en los sindromes de acción exterior tipo Claude (tipos de los estados pseudo-alucinatorios).
Se opondrá a las alucinaciones así definidas las alucinosis como síntomas sensoriales aislados, teniendo frecuentemente un carácter perceptivo, pero sin creencia en la realidad del objeto, sin delirio.
Ahora bien, la alucinosis se manifiesta en clínica como teniendo una relación sintomática directa con una lesión neurológica, si no por el mecanismo cada vez más problemático de la excitación del centro, al menos por el de la desintegración funcional.
Las alucinaciones y las pseudo-alucinaciones al contrario, fenómenos del conocimiento, manifiestan por relación a sus factores orgánicos, esa separación órgano-psíquica que constituye la originalidad de la psiquiatría. Pero sin la medida de esta separación {écart} que es para cada fenómeno el objeto propio de la ciencia psiquiátrica, imposible apreciar en su justo valor, es decir sin confundirlas, las condiciones de los estados alucinatorios, pseudo-alucinatorios y las alucinosis. El informante se ve así llevado por las condiciones mismas de su investigación, y no como limitación de su alcance, a admitir dos tipos de caídas de nivel psíquico, causas de los trastornos alucinatorios:
1º Las caídas de nivel psíquico por trastornos neuro-biológicos.
2º las caídas de nivel por trastornos afectivos,
Si, en las primeras, los estados oníricos, los estados psicolépticos, los estados de disociación pseudo-alucinatorios se muestran provocados por las infecciones, las intoxicaciones más diversas y una gran variedad de lesiones neurológicas, en las segundas predominan los mecanismos de ambivalencia afectiva, las actitudes de objetivación propias de ciertos estados delirantes, sea que estén ligados ellos mismos a un episodio orgánico pasajero o bien psicogenético. Pero así como en este segundo grupo no está enmascarado el mecanismo psicológico de la emoción, en el primero desempeña un papel eficaz la personalidad, es decir todo el complejo histórico-ideo-social, en el cual nosotros mismo hemos intentado definirla.[4]
El informe del doctor H. Flournoy de Ginebra se limita en el problema en cuestión al punto de vista psicoanalítico. En una primera parte expone la doctrina común del psicoanálisis sobre la alucinación. Su psicogénesis de está constituida por la realización de un deseo, creadora no de una imagen-recuerdo, sino de una imagen de percepción. Esta creación resulta en el estado de vigilia de una verdadera regresión en el ciclo sensorio-psicomotor, regresión tópica (la cual es función de la intensidad de las pulsiones); se añade a ella una regresión cronológica, donde se marca la influencia de los recuerdos reprimidos. El carácter penoso de numerosas alucinaciones está lejos de excluir tal génesis, si se presta atención a la finalidad de tales contenidos alucinatorios, a su carácter simbólico, y si se tienen en cuenta procesos de autocastigo de una importancia tan capital. La estructura de las psicosis alucinatorias no estaría suficientemente caracterizada si no se subrayara que la ruptura del yo con la realidad toma en ellas la forma de una verdadera invasión del yo (psicosis no de defensa, Abwer-psychosen, — sino de sumersión, Uberwältigung-psychosen). Se trata en realidad de una verdadera regresión a una fase primitiva alucinatoria del yo, que postula la doctrina de Freud, y que corresponde al estadio del narcisismo. Las alucinaciones auditivas verbales, tanto por su conexión con la verbo-motricidad como por su contenido, revelan sin embargo otra génesis en relación con el superyó.
En una segunda parte de consideraciones personales extremadamente sugestivas, el informante demuestra la indisolubilidad esencial del contenido y de la forma en el síntoma en psiquiatría y funda sobre este hecho el valor verdaderamente biológico del psicoanálisis. Agrupa a continuación todos los hechos, desde la psicología del niño hasta las “disposiciones alucinatorias” admitidas por Bleuler como normales en el adulto y en los ancianos, que pueden ser consideradas como residuos clínicos de esa fase primitiva alucinatoria y permiten considerar su hipótesis como fundada. Reparte finalmente los factores etiológicos de los trastornos alucinatorios bajo tres encabezados:
1º Alteración del sistema nervioso central.
2º Perturbación del sistema órgano-vegetativo, donde ordena no solamente hechos como los que valorizó Head en las afecciones viscerales, sino las alucinaciones teleológicas antisuicidas.
3º Los traumatismos afectivos y emocionales. Concluye demostrando el paralelismo entre el psicoanálisis y las más recientes teorías llamadas organicistas, es decir muy especialmente el trabajo de Mourgue, presente en el espíritu de todos en un Congreso como éste.
La discusión se abre por una intervención del profesor Claude. Apartando las divergencias de espíritu y de método que pueden separar a los informantes, quiere concentrar el debate sobre el punto de vista clínico. Muestra las numerosas variedades tanto cualitativas como evolutivas del síntoma alucinatorio. Esta complejidad misma exige una disciplina terminológica, cuya enorme importancia muestra el profesor Claude por medio de los ejemplos apropiados, tales como la paradoja del empleo de ciertos términos en ciertos autores, el de alucinosis por ejemplo en Wernicke; las definiciones incluso de Esquirol o de Ball le parecen de poco empleo práctico. Lo que resulta de la experiencia clínica, son ciertos grupos bien definidos:
1º Los estados de alucinosis, cuyas percepciones mórbidas toman prestados ciertos caracteres a la alucinación, pero no entrañan la creencia en el objeto, están desprovistos de carga afectiva y no se integran a la personalidad del sujeto; son trastornos de naturaleza neurológica;
2º las alucinaciones verdaderas, cuyos caracteres de cualidad sensorial y de naturaleza delirante precisa el señor Claude, y donde, al lado de los mecanismos psicogénicos, es preciso admitir unos determinismos orgánicos, como lo muestran los hechos que ha estudiado recientemente en la encefalopatía parkinsoniana;
3º las pseudo-alucinaciones, de aspectos sintomáticos múltiples, pero todos integrados a la personalidad, cuyas relaciones con las manifestaciones de rumiación mental, e hiper-endofasias ha mostrado desde hace mucho tiempo, y donde se marca una objetivación evidente de las preocupaciones del sujeto.
El profesor Lhermitte toma la palabra para oponer a la distinción que establecen el profesor Claude y el doctor Ey entre la alucinación no reconocida y la alucinación reconocida (de las que ellos hacen la alucinosis), hechos observados en delirantes seniles donde la creencia delirante no depende más que del hecho que la imagen alucinatoria concuerde o no concuerde con la realidad actual. Protesta contra la separación arbitraria de la neurología y de la psiquiatría. Está de acuerdo con Flournoy en tanto que señala el parentesco de los estados alucinatorios y del sueño, pero insiste sobre la necesidad de admitir, al lado del dinamismo del deseo, un estado funcional especial, el hallucinatory state.
El profesor L. van Bogaërt subraya el interés de estas investigaciones para los neurólogos; insiste sobre su convergencia con los puntos de vista actuales de la neurología, muy alejados de la determinación inmediata e irritativa del síntoma por la lesión; plantea la cuestión de la clasificación nosológica, de las fotopsias, cromatopsias, hiperacusias y otros fenómenos sensoriales elementales.
La discusión no se acabará más que después de las comunicaciones diversas cuyos elementos de interés a menudo múltiples lamentamos no poder valorar suficientemente.
La alucinación peduncular, por el señor Lhermitte[5] — Lesiones focales, infección encefalítica epidémica, intoxicación barbitúrica, neoplasias. Alucinaciones visuales, estado afectivo especial. Ritmo vesperal. Alucinaciones criticadas, pero solamente de manera relativa. Trastornos correlativos de la función hípnica. Todos estos caracteres hacen suponer que el estado alucinatorio, ligado a la lesión mesencefálica, resulta de la función activa del dormir: el sueño.
Alucinaciones y fenómenos oculógiros, por el señor L. van Bogaërt. — Comunicación fundada sobre tres observaciones notables, dos de las cuales ya publicadas al menos en parte. El primer caso[6] acceso oculógiro con hemi-anestesia y trastornos pareto-apráxicos (notables en cuanto que el origen perceptivo puede ser puesto en evidencia), se complicó con una hemi-algo-alucinosis muy penosa con percepción anormal de las dimensiones del cuerpo del mismo lado que los trastornos anestésicos. El segundo caso comporta durante el acceso una agnosia visual con trastornos alucinósicos visuales, que parecen constituidos por fotopsias animadas y son reducibles por intermedio de reacciones vestibulares. El tercer caso, crisis oculógiras con parkinsonismo y adiposidad, presenta por una parte crisis de alucinosis donde la enferma revive en un estado de lucidez crítica y de indiferencia afectiva escenas de su vida infantil más conmovedora, por otra parte estados oníricos confusionales con convicción delirante. El autor concluye admitiendo el parentesco funcional de las crisis oculógiras y del estado de dormir, como de dos estados de inhibición progresiva de extensión y de profundidad variable, que tienen ciertos signos en común, modificables por influencias de igual naturaleza. Insiste muy pertinentemente sobre el papel en el mecanismo alucinatorio de los trastornos perceptivos y gnósicos asociados a los trastornos de la propioceptividad. Evoca los trabajos importantes de Steck de Lausana sobre casos análogos.
El sindrome alucinatorio (automatismo mental) en patología general. El sindrome místico. Un caso de sindrome alucinatorio de tipo místico en el curso de una sífilis cerebral, por el señor G. de Morsier, de Ginebra. — El sindrome alucinatorio del automatismo mental considerado como típico ha sido encontrado en algunos casos de etiología manifiestamente orgánica, tales como: fiebre tifoidea, encefalitis psicósica, anemia aguda, osteítis fibrosa con hipercalcemia reductible tras tiroidectomía, hipertensión intracraneana, traumatismo craneano, etc. Una muy bella observación de sindrome místico es una excelente ocasión para el autor de criticar las cuatro tendencias psicógenas admitidas después de Leuba por la mayoría de los autores en la base del sindrome místico.
Alucinaciones “in statu nascendi”, por el señor M. Boss, de Zurich. — Curioso caso de alucinaciones de tipo esquizofrénico, aparecidas al mismo tiempo que unas pulsiones agresivas, en el curso del tratamiento psicoanalítico de una neurosis. El autor ve en ellas la última defensa donde se refugian, después de otras manifestaciones neuróticas, las resistencias del enfermo. Este caso se terminó, gracias a la prosecusión del tratamiento, por la curación.
Acerca de algunos caracteres clínicos de las alucinaciones auditivas verbales, por el señor F. Morel, de Ginebra. — Toda alucinación auditiva verbal necesita la puesta en juego de un proceso de ideación en la forma fonética exacta que le dan los aparatos o una parte de los aparatos de la palabra del enfermo.
Tal es la ley que el autor formula, ley capital en efecto si se piensa en lo que ella implica en el mecanismo del fenómeno. El autor descarta para su estudio toda apreciación de los caracteres propiamente sonoros de la alucinación auditiva verbal (intensidad, timbre, localización), que es preciso reconocer con él como inconmensurables e incoordinables, tanto para el enfermo como para el observador. Su ley se desprende de una investigación, tanto más asombrosa en su precisión cuanto que es puramente clínica, de las condiciones de aparición del fenómeno. El autor formula así cierto número de hechos de experiencia, de un análisis extremadamente fino, sobre las relaciones que se manifiestan entre la velocidad del débito alucinatorio, el número de las voces discernidas, sus particularidades y trastornos fonéticos por una parte, y las mismas cualidades y trastornos del lenguaje interior o hablado del enfermo por otra parte. La desaparición del eco cuando el enfermo habla en voz alta, la irreductibilidad de los fenómenos por las maniobras que inciden sobre el conducto auditivo, su reductibilidad por las dos maniobras: no pensar, no respirar, no están entre las menores adquisiciones de este novísimo estudio. Pleno de observaciones sugestivas (se escucha boca abierta, no se lee boca abierta[7]), arroja una luz que quedará como adquirida sobre la naturaleza del “eco mental” en sus diversas formas. Constatemos que concurre para relegar las teorías que lo imaginan como un eco cerebral centrípeto.
Las alucinaciones en el curso del proceso de curación en las esquizofrenias, por el señor C. G. Tauber, de Berna. — En el curso de tales casos cuya realidad es preciso admitir, aun reservando al término de curación su valor relativo, el análisis revela cierta regularidad en las fases observadas (Max Müller, Mayer-Gross: “Los desarrollos tipicos”, typische Verläufe). Para las alucinaciones, se puede observar:
1º su cesación espontánea;
2º su persistencia con desaparición de la reacción del enfermo;
3º la progresiva transformación de su valor afectivo, por ejemplo, en influencias aseguradoras.
Este tercer caso parece el más propicio para la psicoterapia, la que no debe vacilar entonces en actuar patoplásticamente, es decir en usar convicciones favorables del delirio del paciente, premisas habituales de una curación.
Sobre las alucinaciones esquizofrénicas, por el señor J. Wyrsh, de Saint-Urban. — El autor distingue dos tipos esenciales de éstas: las alucinaciones fisiógenas, primarias, auténticas, llamadas también pseudo-percepciones; las alucinaciones psicógenas, secundarias, llamadas también pseudo-alucinaciones. Las primeras se encuentran en los estados agudos y el sujeto tiene respecto de ellas una actitud objetiva, semejante a la del individuo normal respecto de sus percepciones, actitud que comporta más indiferencia a su manifestación misma que a su valor significativo. Las segundas se encuentran en los estados de esquizofrenia crónica por donde el autor designa los estados paranoides y el enfermo tiene respecto a ellas una actitud subjetiva; las siente como mucho más semejantes a “inspiraciones”, teniendo por consiguiente un carácter intra-individual neto. Esta diferencia se sostiene quizá en la estructura psíquica (In-der-Welt-Sein) propia del paranoide y se reduciría entonces a la de dos fenómenos diferentes del mismo síntoma.
El autor señala finalmente unos casos de alucinosis crónica. Esta comunicación resulta del punto de vista fenomenológico, familiar a la escuela alemana y demasiado descuidado entre nosotros.
Alucinaciones y energía psíquica, por el señor de Jonge, de Prangis. — Esta comunicación, de la que el tiempo desafortunadamente nos ha impedido escuchar más que las premisas, nos entrega reflexiones profundas sobre las funciones de la cantidad y de la cualidad en los fenómenos psíquicos.
La alucinación y lo real por el señor de Montet, de Vevey. — Comunicación donde el relativismo noumenal más radical es introducido en la consideración de los fenómenos psicopatológicos mismos. La cualidad para el autor se muestra en ella siempre inalienable a la medida de ninguna realidad ontológica. Para estos fenómenos como para todos los demás, nada posee significación sino por relación a otra cosa. Las discriminaciones sagaces, pero impotentes, de nuestras teorías no son más que el reflejo de esta relatividad entre un número infinito de singularidades. Parece que el problema que se ventila aquí no sea un problema de orden médico, es el problema de la verdad.
El doctor Jung, que ilustra este Congreso con su presencia, cede a la simpática insistencia del presidente y aporta su punto de vista sobre la alucinación. Está extraido de la historia de la profecía y de las observaciones que él mismo ha hecho entre los primitivos africanos, medicine-men por la mayor parte, que ha frecuentado y observado. Las alucinaciones que experimentan y que utilizan no son más que una forma especial de esta función que expresa la palabra intuición, inspiración o para ser más exacto, lo que hay de intraducible en el término alemán de Einfall empleado por el propio doctor Jung. Todas las transiciones existen entre las formas familiares para nosotros y las propiamente alucinatorias de esta función que es de naturaleza sublime. El nivel cultural individual y ambiente influencia el uso, la interpretación, la aparición misma del fenómeno.
La discusión es entonces retomada. Debemos deplorar el abandono por parte del profesor Claparède de una intervención muy esperada. El profesor Vermeylen aprobando en el conjunto las posiciones de los informantes, nos aporta perspectivas sobre el papel de la actividad psíquica en la percepción normal, bien evidenciada por los trabajos de la Gestalt-psychologie. Esboza en un cuadro, ilustrado con observaciones personales y muy subrayado, las fases evolutivas de la constitución de lo real en el niño.
El profesor Maier y el doctor Flournoy declaran no tener nada que añadir sobre las posiciones tomadas por los interpelantes.
El doctor Ey responde a algunos de estos. Es para subrayar cuán favorables le parecen a las distinciones clínicas que él sostiene los hechos aportados por el profesor van Bogaërt. Los fosfenos, acúfenos, algias, parestesias de todo tipo, le parece que entran de pleno derecho en la alucinosis. Insiste sobre que los hechos aportados por el profesor Llermitte le parece que entran en el cuadro de las alucinaciones ligadas a estados oníricos y psicolépticos, y no en las alucinosis. A pesar de su acuerdo con el doctor F. Morel sobre el mecanismo funcional que revela para las alucinaciones auditivas verbales su muy fino análisis, H. Ey cree que debe arrojar una duda sobre la legitimidad de una precisión descriptiva demasiado grande en una materia como esa. Detrás de la indiscutible evidencia de los hechos aportados por el señor de Morsier, Ey busca una vez más querella a lo que él denomina el espíritu del automatismo mental: es una querella cortés. Concluye respondiendo al profesor Llermitte que no se trata de oponer los métodos de la neurología y de la psiquiatría en su empleo por el observador quien debe al contrario emplearlos concurrentemente, sino de delimitar su dominio en los hechos.
Tenemos que agradecer al terminar a nuestros colegas de la Sociedad Suiza de psiquiatría por su hospitalidad fraterna, que no es menos grande, y esto es decir todo, que su hospitalidad científica.
Jacques LACAN
Traducción y notas:
Ricardo E. Rodríguez Ponte
para circulación interna del Seminario Freudiano de Bahía Blanca
[1] Fuente: Pas-tout Lacan, en http://www.ecole-lacanienne.net/. Salvo indicación en contrario, las notas, así como lo incluido entre llaves, es de la traducción.
[2] Por George Ernst Stahl (1660-1734). Como médico, creó el animismo; como químico, la teoría del flogisto, solo rebatida por Lavoisier. Cf. Erwin H. ACKERKNECHT, Breve Historia de la Psiquiatría, EUDEBA, 1962.
[3] Los tres informes deben aparecer in extenso en los Archives Suisses de Neurologie et de Psychiatrie. [Nota del texto]
[4] Jacques LACAN, De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad (1932), Siglo Veintiuno Editores.
[6] Cf. Delbeke et van Bogaërtt: Encéphale, déc. 1928 (Obs. I et III). L. van Bogaërt et Helsmoortel, R. N., 1927, nº 6. [Nota del texto traducido]
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Gracias por el acceso a esta discusión tan intensa y pletórica de detalles.
Haría falta señalar, talvez, que allí donde el enfermo indica "dicen que" habría una alucinación, mientras que si dice "oigo voces", caería del lado de la patología neurológica. Esta conclusión,
resume la totalidad de la discusión en torno al problema de las alucinaciones en psiquiatría.
Pregunto ¿qué tiene para decir de este asunto el Psicoanálisis, más allá del la realización de un deseo, como en el sueño?
Mi referencia esencial al tema de las alucinaciones es "Las Alucinaciones", G. Lanteri-Laura, Fondo de Cultura Esconómica, 1994.
Saludos cordiales,
César Bañuelos Arzac, México.
