mar
08
jun
2010
El habla a la que el extranjero somete a una lengua es uno de los principales instrumentos de la autotransformación histórica de ella; es la que la lleva a ejercer, enfatizada como conflicto, la productividad muy especial de la función metalingüística, cuyo descuido puede tener para ella consecuencias mortales.
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La chola Julia
Hace cuatro siglos y medio, cuando comenzaba a imponerse la modernidad, la india Malinche propuso en la práctica la misma solución al problema de la afirmación de una identidad social concreta en medio del proceso de universalización de lo humano que ahora, cuando la misma modernidad parece cerrar su ciclo histórico, encuentra también Julia Kristeva. Se trata de una solución que difiere de la que se genera espontáneamente en el escenario del mercado: la del apartheid de las identidades, de la tolerancia y la indiferencia ante lo otro. Su solución era la del mestizaje; una estrategia que parte de una falta de respeto ante la autoridad de todo lo heredado, lo propio y lo ajeno en igual medida, de una toma de distancia irónica ante la forma consagrada de todas las identidades tradicionales, y que se desarrolla como una crítica admirativa de lo otro a través de una autocrítica desencantada de lo propio; como un rebasamiento de la tolerancia que lleva a la identidad de cada quien a meterse con la otra en términos de igualdad, para devorarla al mismo tiempo que se deja devorar por ella.
“De esos vasos comunicantes [entre la lengua francesa, que invade, y la lengua búlgara, que cede] emerge una palabra extraña, extranjera a sí misma, ni de aquí ni de allá, una intimidad monstruosa... Yo soy --dice Julia Kristeva, como debió haberlo pensado la india Malinche cinco siglos atrás-- el monstruo de una encrucijada. En el cruce de dos lenguas y de por lo menos dos tiempos, amaso un idioma que busca vestigios para extraer las alusiones patéticas, y bajo la apariencia lisa de estas palabras francesas, pulimentadas como la piedra de las pilas bautismales, descubro el oro ennegrecido de los íconos ortodoxos. Gigante o enano, el monstruo disfruta el jamás estar conforme consigo mismo, al tiempo que exaspera a los autóctonos, a los del país de origen y a los del país que lo recibe.”
El monstruo mestizo ha tenido a su cargo el dinamismo de la historia de la cultura; ha transitado siempre, de ser primero despreciado como una malformación, a ser finalmente consagrado como modelo clásico. Sólo que está secuencia, que en épocas premodernas sucedía en escenarios acotados y en un ritmo tan lento que ocultaba su contingencia y llevaba a que se lo creyera único y definitivo, tiene lugar ahora --en medio de la gravitación generalizada que nos lleva a todos más allá de la modernidad-- como un proceso abierto al escenario mundial y a la intervención de otros procesos similares. El monstruo mestizo aparece ahora, en cada caso, combinando su singularidad con otras, alterando sus contenidos a medio camino y cambiando el ritmo de su ciclo; está integrado en una historia global de diversificación, sobre un piso que no tiene ya, como antes, la solidez de un territorio, sino la inestabilidad de las aguas de un río que no se sabe a dónde lleva.
Más allá de la receta liberal para evitar “los Sarajevos y las Chechenias”, la de proteger y hacer fructificar, en tolerancia de apartheid, las lenguas y las culturas nacionales, Julia Kristeva prefiere pedir que se acepte y se reconozca la presencia de la humanidad en mestizaje, esa “humanidad nómada que ya no desea permanecer tranquila en su lugar"; que se fomente la gestación de “nuevos seres de idioma y sangre, arraigados en ningún idioma y en ninguna sangre”.
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Reducir cada vez más las dimensiones de la propia vida, con el objeto de seguir viviendo, es una estrategia de vida que no es la barroca sino la de un realismo acosado por la imposibilidad de producir. La que sí lo fue es la estrategia que siguió el Presidente del Consejo Judío del Ghetto de Varsovia: hacer que la vida de su gente sea rica en medio de la más extrema miseria, asegurar en la supervivencia de los huérfanos la continuidad de su pueblo. Sólo cuando vió que esto último ya no era posible, que el castigo del Dios de Abraham era total, que él mismo debía dar muerte a los niños que estaban a su cargo, mandándolos “hacia el este” ( a los campos de exterminio), desobedeció, tiró lejos el cuchillo del sacrificio y recurrió al suicidio.
La estrategia barroca tiene siempre como horizonte al suicidio: "afirmar la vida hasta en la muerte" implica suponer que la posibilidad de hacerlo es limitada, que bien puede llegar el momento en que para afirmar la vida haya que terminarla. Por eso, tal vez el arte que habría que ir perfeccionando para el futuro próximo sea el arte del suicidio.
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Barocchissimo
Aus der Not der Zeit ewige Tugend machen ("hacer de lo impuesto por el momento una virtud eterna"), presentar lo que es improvisado como si fuese algo premeditado; hacer una comprobación de poder de lo que fue un simple golpe de suerte.
Hacer “que el mal venga por bien”, “convertir la necesidad en virtud” (que es, en verdad, convertir en “necesario” lo “contingente”) No sufrir lo que le es impuesto a uno por la circunstancias, achicándose para que lo poco que llega sea suficiente, sino asumirlo como decidido por uno mismo, y de este modo transformarlo, convirtiéndolo efectivamente, en la medida de lo posible, en algo que es “bueno” en un segundo nivel, transcendente del primero (en el cual, sin duda, sigue siendo un “mal”): esto es comportarse de manera “barroca”. Y es --dicho sea de paso-- dar pie a la definición de lo que sería, según Heidegger, "el comportamiento del ser humano en su autenticidad".